“Cuando sea grande quiero ser bombero”… o …”cuando sea grande quiero ser policía”… o como dijo una vez mi sobrino: “¡cuando sea grande quiero ser basurero!” ¡Claro! Le encantaban los camiones y le parecía bárbaro imaginarse viajando paradito en uno de ellos. Pero nunca escuché a un nene decir “cuando sea grande quiero ser petrolero”. Qué paradoja, me digo, porque lo que no creo es que a nuestros hijos les falten padres, tíos o abuelos petroleros.
La verdad es que desde que tengo memoria me pregunto una y otra vez a qué obedece esta casi negación de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos (de esto último ya no puedo asegurar por cuánto tiempo). Si… somos petroleros… vivimos en Cutral Co o Plaza Huincul porque en esta zona se explota petróleo, o porque se brindan servicios a esa industria, o porque existe la función pública o privada, que fueron generándose para atender las necesidades de las familias y su descendencia, que llegaron a asentarse aquí para trabajar en el petróleo.
Y para graficar lo que quiero decir, propongo un juego: levanto a estas dos ciudades e imaginariamente las llevo a la pampa. ¿Qué seríamos? Ganaderos y agricultores. Vayamos junto al mar: ofreceríamos turismo. O viajemos más cerquita, al valle: seríamos chacareros.
Pero aquí estamos, y como muchas veces, estoy preguntándome en dónde radica –por ejemplo- la intolerancia que se le profesa a los ex ypefianos, hombres y mujeres grandes ya, que reclaman y esperan por cobrar lo que creen les corresponde, sea esto justo o no. O no escuchaste decir a alguien algo como “y ahora por qué joden… o creen que alguna vez les van a pagar”. O “estos soberbios no tendrían que cobrar un mango”.
Me sorprendo con los pocos datos que reciben los chicos en la escuela sobre el petróleo, su explotación y su historia; me asusto con los precios desmesurados que muchos comerciantes imponen (¡pero si hay plata en el pueblo!); me paraliza sospechar que la vaca que nos alimenta puede también estar contaminándonos y otras ideas peregrinas más. Pero todas me huelen a que no sabemos bien quiénes somos.
No quiero hilar fino, porque sería de nunca acabar. Claro que sé que existió la soberbia, el tratamiento de élite, la discriminación… vaya si lo sé… mi viejo trabajaba en la estación de servicio y vulcanización de YPF , ¡muy lejos de los técnicos e ingenieros y del Campamento Uno! También sé que hoy a la actividad petrolera la aqueja como una mala enfermedad la injerencia del sindicato, que como una madre que todo tolera, promueve y sostiene a trabajadores que, podríamos decirlo tiernamente, no se destacan por ser los más dedicados.
Desde hace poco está en marcha en Cutral Co la Tecnicatura Universitaria en Desarrollo Agropecuario y no dudo que las intenciones de su casi centenar de alumnos es loable: pensar que ellos sueñan con ver a este pedazo de desierto convertido en verde tierra productiva, es motivador, por supuesto. Entonces me pregunto … ¿Este cuerpo social que conformamos todos, está preparado para el cambio que depara el futuro, si realmente no asumió su pasado y su presente?
Para iluminarse, hay que recurrir a los que saben. Así que trasladé mis dudas a Rita Santarelli, socióloga y habitante de este lugar. Y un tanto me desasnó: según Rita , aquí se nació y creció “alrededor de una actividad excluyente (la explotación del gas y del petróleo), conformando así nuestras matrices de aprendizaje, por lo cual ha resultado difícil para la comunidad encontrar alternativas para su desarrollo, a pesar de que hubo actores sociales que en distintos momentos históricos alzaron sus voces para advertir la necesidad de encontrar salidas productivas alternativas”.
Y he aquí, una de las razones que podrían haber causado la grieta que me parece percibir en nuestra concepción de pueblo: para Santarelli “durante los años de YPF se dio una realidad muy distinta a la presente, ya que venía gente de afuera, que sabía que viviría por un tiempo y regresaría a su lugar de origen, por lo cual no tenía arraigo con esta comunidad”
Y agrega: “Esos fueron años en los que el pueblo creció al ritmo de la explosión demográfica y al ir y venir de su gente, sin tiempo para pensarse socialmente. El ritmo de los trabajos, los traslados, generaron una impronta particular, que a mi modo de ver, no favoreció la construcción de raíces profundas, para proyectarnos como comunidad hacia el futuro”.
Sigo divagando y me explico a mi misma que es lógico que los papás petroleros no transmitan a sus hijos el ansia del oficio, porque es obvio que no quieren ni imaginarse a los suyos trajinando por horas a la intemperie ateridos de frío o extenuados por el calor, expuestos a peligros diversos. Tampoco perdiéndose los encuentros familiares, navidad o los primeros pasos de sus propios hijos. El petrolero sabe de lo que hablo. A los que aprendimos a esperarlos, nos corresponde transmitirles a los hijos sobre esos cotidianos sacrificios, sobre la importancia del pan en la mesa y del orgullo que siente ese papá al saber de las buenas notas en la escuela y de que su hijo es una buena persona.
Ya me puse sentimental, y encima se me ocurren diez ideas más de “intolerancia petrolera”, pero hay que darle un cierre a esto y me quedo con algunas palabras de Santarelli: “Siendo lo conocido la matriz petrolera, se torna difícil encontrar un camino distinto y convertirnos, por ejemplo, en una comunidad agrícola. Pero no es imposible. Creo que aún no nos hemos encontrado como actores sociales en la identidad de nuestra identidad comunitaria, la cual se logra poniendo en cuestión un proyecto de futuro”.
Aquí abordaremos los temas que la actualidad imponga, sin cerrar las puertas a lo que la realidad, la fantasía o elucubraciones de su autora demanden. La “zona gris” en la que se moverán los contenidos obedecen tan sólo a los deseos de no tocar los extremos de los claros y los oscuros que toda situación impone, si no también nadar en los grises, es decir tratar de pintar lo que a cualquier persona le pasa cuándo aborda un tema, sea de la índole que sea.
sábado, 31 de julio de 2010
martes, 13 de julio de 2010
BUENOS VECINOS

Seguro que a vos, como a mí y como a tantos, el sábado se te anudó la garganta cuando Alemania, implacable, dejó a Argentina fuera del Mundial. Pero tengo que confesar que el domingo por la tarde, cuando –confiada e ingenua- busqué los resultados del referéndum por la cerámica Stefani, se me anudó el estómago y me tragué como un sorbo amargo la bronca, para no embarrar la paz del domingo en familia.
Y si, porque confiada e ingenua, esperaba que después de las 18 del domingo se divulgara que habíamos sido muchos los que habíamos dedicado un rato, un rato nomás, para ir a poner nuestro voto en el marco de la consulta popular… pero no… apenas fuimos cinco mil y un poco más los que si nos escapamos un ratito hasta la escuela de siempre a votar.
No esperaba que el número final rozara los más de trece mil que se pedían, pero tontamente imaginé que se iba a andar cerca… ¡que ilusa! Porque, claro, pensé que los que se querían oponer también iban a entrar al cuarto oscuro con su NO en la mano, para democráticamente hacer conocer su antipatía con la intención de los trabajadores de la cerámica para que se estatice la fábrica.
¡Ni qué hablar de las cosas que se me ocurrieron! Como toda hija de vecina, conjeturé “que claro!...para ir buscar la camiseta, el gorrito y la maldita vuvuzela, dale!...cuántas veces abran ido hasta el centro!; “para ir a saltar y gritar con los triunfos del seleccionado, ni un problema, dale!”; “para dejar que los nenes falten a la escuela o ingeniártelas para no ir a trabajar por el bendito partido, dale!”…
Pero para ir un ratito a decirle que si o que no a tu vecino, que sólo está pidiendo seguir trabajando… ni un minuto de tu tiempo. Ya sé que la gente de la fábrica se mostró optimista con el resultado, ya sé que se dice que hubo una movida porque desde el gobierno municipal no se quiere que prospere la estatización, pero mientras más sé… más me encabrono!
Si las maniobras de la dirigencia para malograr el resultado del referéndum existieron, el gesto es doblemente ladino, porque traicionan los principios democráticos que les permiten a los funcionarios estar y permanecer en los cargos públicos… Sólo tenían que hacer uso del voto negativo y quedábamos todos con la conciencia en paz.
Y en lo que se refiere a la vecindad, a los habitantes de la ciudad… qué quieren que les diga… ¡fea la actitud!... es todo lo que me sale, parodiando al famoso reality chileno… No conozco personalmente a ninguno de los obreros de Stefani, pero no lo necesito. Es suficiente con saber que son mis vecinos aunque no vivan pegados a mi casa, es suficiente con saber que algunos de ellos podría ser mi papá, o un hermano o mi esposo. Es suficiente con pensar que solidariamente podíamos dar una mano dando nuestro SI, o podíamos decir que NO si no estábamos de acuerdo, pero que había que comprometerse y participar … ¡porque son nuestros vecinos!
Como vos, como yo, como tantos, en estos días que pasaron seguro te cruzaste con algunos de los obreros de la cerámica, o golpearon a tu puerta para hacerte saber que había una oportunidad para ellos, que había un mecanismo democrático para lograrlo. No sé que se te pasó a vos por la cabeza, pero te puedo decir lo que pensé yo: que estos hombres sólo están pidiendo trabajar, no limosna, ni subsidios… trabajar… eso que ya se sabe, dignifica al ser humano, y aunque la frase te parezca hecha, sabés que es asi. También pensé que para muchos de ellos, puede no haber otra oportunidad, porque son hombres entrados en años y lo único que saben hacer es su oficio de ceramista.
Hace ya un tiempo tuve que visitar una sicóloga, porque no estaba haciendo las cosas bien y se me había enredado la vida, pero esa es otra historia… lo que te quería contar es que esa mujer me enseñó que a lo largo de cada día, debemos dedicar un tiempo para ser padres, otro para ser hijos, otro para ser esposos, amigos o hermanos. Es decir, dar a cada rol su dedicación e importancia. Creo que es hora de que dediquemos un rato a ser buenos vecinos, porque si no, nos vamos a ir quedando solos, cada cual en su tabla en medio del mar, tratando de salvarnos del naufragio.
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